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Ancianas muertas en soledad

ancianasAbsolutamente nada puede sustituir la profundidad y la calidez de una relación íntima. Hasta el último día de nuestras vidas somos seres sociales. La necesidad de alguien que nos auxilie y la indefensión son propias de dos etapas de nuestra vida: la niñez y la vejez. Es en este caso de la ancianas a las que dedicaré este breve escrito.

No importa cuán aparentemente civilizada sea una sociedad, son los ancianos los más propensos a la soledad. La soledad no buscada, la que ocurre cuando la persona es expulsada porque parece no tener mayor valor es la más terrible de todas.

Lamentablemente este lento pero inexorable proceso de exclusión  le ocurre más a las mujeres que a los hombres. Así lo ha constatado un interesante estudio hecho en Madrid: El 67% de las personas mayores que sufren aislamiento social son mujeres.

Este porcentaje nos invita a detenernos a pensar en esas ancianas, que conocemos o no, que conviven día a día con una soledad muy honda. Ante este fenómeno que tiene mucho de cruel yo no puedo dejar de hacerme muchas preguntas.

¿Por qué insistimos en ver a los más viejos como seres anclados a su pasado, con un presente efímero e inútil y un futuro inexistente? ¿Es nuestra alma tan capitalista que a estas personas que ya no pertenecen al mundo productivo las exiliamos sin miramientos?

Seamos francos, este es el motivo por el que las necesidades de la tercera edad no están como prioridad en la agenda política del gobierno. Solo hay que ver lo que ocurre con Ley de Dependencia. Pero no es el gobierno el único indolente. Aquí hago unas preguntas dirigida a usted:¿Actuamos con igual frialdad?  ¿Olvidamos que las ancianas deben sentir que entre ellas y los demás las separa una abismal distancia?

Todavía recuerdo la ola de calor del verano de 2003. En esa tórrida estación murieron 17.000 ancianos en toda Europa. Las altas temperaturas contribuyeron evidentemente a sus muertes pero pregunto, no solo como psicólogo sino como persona sensible, ¿no contribuyó en igual medida la soledad?

4 comentarios

Hace unos años, leía a mi compañero de columnas en el periódico de Valencia, Levante EMV, al escritor Juanjo Millás, un escrito enteramente dedicado a este modo de morir sin que se enteren los vecinos más próximos. Comentaba las estadísticas sobre estas muertes. Aproximadamente eran unas ochenta al año, estadísticas que a uno le quitan el hambre y el sueño.

También se lo que es notar ese olor cuando vivía en La Olivereta de Valencia, en la Calle Castán Tobeñas, en el número 17. La anciana vivía en el segundo y nosotros, en el cuarto. El edificio antiguo no disponía de ascensor, así que el trayecto vertical te obligaba a recorrer todos los rellanos. Nos miramos el uno al otro sin observar, con miradas poco alagüenas. Sabíamos que vivía sola, que sus hijos la visitaban de vez en cuando. Cuando tras unas horas regresamos, al abrir la puerta, ese olor entre dulce y penetrante nos hizo sospechar lo peor. Hablamos con una vecina antigua que la conocía más y no dudó en llamar a sus hijos de los que tenía su número de teléfono. Cuando llegaron, ellos y la policía, que había avisado a una ambulancia, decidieron forzar la puerta y entrar.

Allí estaba su cuerpo, sentada en el sillón. Llevaba cuatro días muerta y desde hacía dos semanas nadie la había visto. Algo va mal cuando a los ancianos les condenamos a una soledad cruel, relegándoles a “sobrantes molestos.”

Volviendo al artículo de Juanjo Millás, decía en el, que muchos y muchas de los ancianos que hallaban muertos en soledad, tenían la televisión o la radio encendidas. Se murieron con la única compañía, probablemente, de las últimas noticias o de programas que veían y que escuchaban.

Juanjo Millás, para acabar su artículo, seguramente con la intención de levantar nuestro ánimo referente a estas solitarias y tristes muertes, pidió, que si él tuviera que morir así, que no le apagaran la lámpara de la mesilla porque le hacía mucha compañía. Con esa forma tan personal a la que nos acostumbra de contarnos las cosas al escribir.

Benjamín Lajo

Estimado Benjamín Lajo,

Su relato refleja la desconsoladora soledad que deben enfrentar tantos ancianos y ancianas en su día a día. Gracias por compartir este ejemplo extraído de la realidad.

Un cordial saludo

Estimada amiga Carolina,
desde su soledad enemiga y cruel. Hablo desde el sentimiento que ha sufrido el Ser, Vientre que amo, mi madre Esperanza… Desde su orilla y en su orilla. Cuando estoy con Ella y nos fundimos las manos, veo en sus ojos nocturnos que el tiempo ha desgastado, la luz que me acompaña desde que tengo recuerdos.
No saben lo que se pierden… quienes olvidan.

Un cariño saludo.

Benjamín Lajo COSIDO

Estimado Benjamín,

Nuevamente gracias por compartir tan entrañable relato, lleno de afecto y ternura.

Recibe un abrazo

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