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Escuchando la locura

Si hay una enfermedad que revela las profundas diferencias que hay entre la psiquiatría  y la psicoterapia o el psicoanálisis es la locura. Cuando hablo de locura hablo de lo que en terminología profesional conocemos como psicosis.

La psiquiatría se aproxima a la psicosis utilizando unos manuales, en los que aparecen las enfermedades mentales clasificadas de acuerdo  a una serie de criterios. Para darle un ejemplo al lector,  dichos manuales indican que si una persona, oye voces que le hablan, tiene ideas delirantes de ser perseguido por la CIA, su discurso es incoherente, insiste en que no está loco y se resiste a ser internado o a tomar la medicación prescrita, el cuadro comienza a dibujarse como una esquizofrenia. Si además sabemos que ese episodio de locura no responde al consumo de ninguna sustancia que haya alterado su estado mental y que ha estado así de desquiciado más de un mes y que además ha abandonado su vida social, el diagnóstico se afirma más.

Evidentemente hay que indagar con mayor profundidad la situación mental de la persona pero lo que interesa no es el diagnóstico, en el cual tanto un psiquiatra como un psicólogo, psicoterapeuta o psicoanalista podrían coincidir sino lo que ambos profesionales hacen a continuación.

El psiquiatra, después de concluir el diagnóstico, procederá a medicar al paciente y si no hay contención familiar, sugerirá la internación del mismo. Le hará un seguimiento y cuando sus síntomas desaparezcan o disminuyan le permitirá abandonar el hospital. Es decir, entenderá que su locura es una locura de neurotransmisores y lo medicará para poner orden en el funcionamiento de su cerebro como órgano.

El psicoterapeuta o el psicoanalista procederán de forma completamente distinta. Respetarán la medicación (nadie niega que ayudan mucho a estos desdichados seres) pero no se detendrá ahí. Los psicoanalista y los psicoterapeutas escuchamos a nuestros pacientes y ante la locura no cerramos nuestros oídos, todo lo contrario, no dejamos de preguntarnos ¿Qué ha pasado en la vida de esta persona que lo ha llevado a sufrir de forma tan atormentada? Hasta aquí llega la utilidad del diagnóstico, ahora es necesario conocer a la persona que lo padece. Las amplias variaciones que observamos en el sufrir humano no podemos encorsetarlas dentro de criterios diagnósticos que terminan por ser insuficientes.

El loco sufre el mayor de los rechazos sociales, nadie quiere escucharlo y menos aún entenderlo, lo llaman “loco” y dan por zanjado el tema. Si por un segundo nos pusiésemos en la piel de alguien a quien nadie mira, a quien nadie oye, aquel de quien todo el mundo se aleja, ¿Hay peor sufrimiento que verse sistemáticamente excluido de la trama social? Si a esto le añadimos un diagnóstico tan estigmatizado como “esquizofrenia” pocas posibilidades tendrá este ser de tener un lugar en la sociedad.

Yo sé, que si escuchamos a la locura, nos adentraremos en territorios desconocidos e inquietantes. Sin embargo, probablemente al escuchar a esa persona con su única y singular forma de sufrir descubriremos un mundo interior que ningún manual diagnóstico recoge. A través de una escucha terapéutica podremos ayudar a este ser indefenso, excluido y rechazado.

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